lunes, 27 de abril de 2015

Tormentas nocturnas

Siempre me he considerado una persona depresiva, muy reflexiva hacia la concepción más pesimista de las cosas, sobre todo a altas horas de la noche. La eterna lucha contra la realidad blandiendo como única arma mi almohada. Como es evidente salgo perdiendo. Los síntomas de que pierdes la contienda es cuando pasas la mayor parte del tiempo ardiendo en tu propio infierno, tu pulso se acelera y tu pecho no da tregua. Piensas en todo haciendo un concienzudo repaso por tus logros en la vida y cuando te comparas con gente de tu entorno, digamos que no acabas reconfortado, más bien preocupado. Acabas por infravalorarte más de lo sanamente necesario. Concluyes en esa contienda nocturna que será mejor dormir, buscando borrar ese sentimiento pegajoso e incómodo. En definitiva huyes de ti mismo. Te das lástima.

La depresión es tan horrible porque te hace emocionalmente inestable y frágil, necesitas amigos en quien confiar pero al mismo tiempo te hace insociable y te encuentras en que no puedes hablar con nadie porque te sientes como una carga para los demás y esa culpa hace que las cosas sean peores de lo que eran.

Cuándo me perturba un pensamiento se me ensombrece el rostro y se apaga mi mirada. Ya me ha pasado esto estando con conocidos a mi alrededor. Estos optan por correr un tupido velo. Al ver esa parte de mí acaban por alejarse, temerosos, quizás, de que apague su vela de felicidad. No les culpo, es más, a veces les envidio por ponerle una sonrisa a la vida. Pero si pienso detenidamente, mi lado oscuro, gótico incluso, sale a relucir pensando en lo simple de miras que son. Esa gente no se cuestiona a sí misma y eso me parece ir por la vida con un concepto espejo de sí mismos, ven lo que quieren proyectar delante de la gente y se aferran a esa imagen. Pese a todo sigo pensando que tiene que haber un ying para todo yang. Un blanco para todo negro. Creo que debería haber un equilibrio, el término medio de todas las cosas de Aristóteles. En definitiva, es beneficioso tener a alguien alegre a tu lado, para que haya algo de luz que ilumine tanta oscuridad como hay en mí.

Lo más desconcertante de todo es que he llegado a creer que me atrae sentirme víctima de mí y mis circunstancias. Hay una incomprensible atracción por la melancolía y la tristeza. Me siento en mi salsa y es recurrente caer en los brazos del pesimismo.

Soy un adicto a la tristeza que subestima la alegría. Definirme como un amante de lo oscuro, de lo amargo. Cuando todo te va bien piensas que esa "felicidad" es efímera porque aún dichoso sigues siendo preso del desaliento de esas noches más negras.

Reincidente en mis depresiones.

1 comentario:

Ruth Salinas dijo...

La tristeza al final hace las veces de compañera. Tú por lo menos te tienes a ti porque te piensas, y a los que te quieren aunque no los pienses. Los demás... Los demás sólo se tienen para sujetar el espejo